Aquí va otro de mis extraños y sorprendentes relatos.
I. F. F.
Se sorprendió al verse lamer la sangre de sus manos en el reflejo sepia de aquella cristalera polvorienta; a estas alturas ya empezaba a dejar de sorprenderse de muchas cosas de las que iba haciendo, no pensaba en la posibilidad de contagiarse con aquella sangre infecta; ni tan siquiera le desagradó el sonido de la nuez al partirle el cuello al último de sus tres asaltantes: así debía ser.
Tenía que encontrarle y solventar todo de una vez, no dejaría de luchar por su hija, jamás la abandonaría bajo sus manos, no se convertiría en uno de ellos, en una de aquellas cosas innombrables.
Al menos tuvo suerte de conseguir ese chivatazo y por eso ya estaba cerca del lugar, a pesar de la distancia podía oír la música de ese inmundo garito. Se metió en el callejón. No le importaba que la policía pudiese encontrar los cuerpos, tarde o temprano aquellas cosas serían descubiertas: ya no sería el único que las vería como eran realmente.
Sabía que la policía no le creería: un exdetective privado reconocido en su momento, pero actualmente venido a menos, cuyo trabajo actual reside en apalear de vez en cuando a los clientes de un usurero judío para recordarles los términos de su contrato; a todo ello se le podía añadir una adicción a la cafeína, al alcohol y todo ello mezclado con las pastillas que le recomendó el doctor que tomase cada… cada… ¡Que más da, sólo las tomaba cuando esos terribles dolores de cabeza le atacaban! Vamos, un testigo de completa “fiabilidad” para esos engreídos polis.
Siguió hacia la puerta trasera y negra del antro, tambaleándose llamó y esperó, cuando se abrió la puerta apareció uno de ellos, era fácil reconocerlos: cuando concentraba su vista sobre ellos se volvían borrosos. Le golpeó fuertemente con la culata de su pistola, si le disparaba se descubriría antes de tiempo.
Se llevó las manos a la cabeza y tocó su hombro.
No sabía cómo lo disimulaban, pero él podía ver los letreros en su extraño idioma, los lavabos tenían que ser aquellas dos puertas. Oía el ruido en la tercera puerta, allí estaban.
Debía tener cuidado con el sudor o se le podía caer la pistola, sacó un pañuelo sucio y se secó el sudor. Maldito calor, ni en este refrigerado garito se aliviaba.
Tenía suerte, faltaba poco para abrir y por lo tanto no tendría el lugar lleno de gente que se entrometiese.
Se iba haciendo paso, poco a poco entre sus zancadillas.
¡Ahí estaba! Borroso como los otros, acompañado de otras dos jóvenes que aún no conocían con quien estaban tratándose. Se colocó apenas a un metro de él y sacó la pistola ¡Pero ésta no estaba! En algún momento entre la puerta y donde se encontraba ahora se le había caído, pero no importaba aún tenía suficiente fuerza en sus brazos para estrangularlo. Se lanzó a él mientras balbuceaba unas frases musitadas que sólo una de las chicas oyó.
El ser le empujo y todo dio vueltas a su alrededor, su cabeza parecía estallarle metida dentro de una coctelera cuando…
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Los pensamientos del detective Javier.
Ya llego tarde por culpa del puto tráfico. Luego te dice la gente “a buenas horas, tarde como siempre” ¡Que no cojan el coche hasta para mear, no te jode! Al menos me han puesto como ayudante al sargento Vicente, me facilitará el trabajo; si tuviese a diez tíos como él y otros tantos como yo, seríamos la envidia de todas las comisarías de España.
Menudo garito, seguro que están más preocupado por no poder abrir ésta noche que por el intento de asesinato. Ya lo decía mi abuela: no hay nada peor que los nuevos ricos, el dinero hace el esnobismo, la cultura la elegancia. ¡Que fachada: a dos círculos y tres rayas lo llaman arte! Estúpidos, tenían que haber ahorcado al frustrado de Kandinsky en su momento.
Ese tipo sobando las dos niñatas debe ser el dueño, al que han intentado matar y… pero ¿y ese muerto, no era un intento de asesinato? A ver si el sargento Vic me aclara alg… ¡Ah! Ahí está.
Dialogo policial.
-Sargento Vicente ¿Qué ocurre aquí, quien es el cadáver éste, no era un intento de asesinato?- Dijo con un saludo militar, mas que un saludo marcial era un “qué pasa tronco” desganado.
-Detective ¿No reconoce al cadáver? Es, era el exdetective Román, ese que ahora se dedicaba a la extorsión bajo las órdenes de un usurero ¿lo recuerda?- Dijo en un tono monocorde profesional.
-Eh,… si, ahora le recuerdo ¿Qué se sabe por ahora?- Fijándose en el frío cuerpo y sin volver la cabeza hacia el sargento.
Vicente recitó -Le haré un resumen de lo que he averiguado. Aquí, Román, entró por la trasera, golpeó al segutara con saña tras abrirle éste la puerta, suerte que era un cabeza dura que si no… Tras entrar se dirigió hacia el dueño, los testigos dicen que se balanceaba torpemente como un borracho. El dueño es el señor Ruises, ese que está con esas dos “lolitas” mayores de edad- Le señalo al propietario de la discoteca.
Continuó narrando -Pues bien, se dirige a él, dice no se qué incoherencias balbuceantes y se tira para su cuello, así de repente. El señor Ruises que estaba en éste sofá le dio una patada para quitárselo de encima, Román se cayó rompiendo la mesa de cristal, se quedó inconsciente y murió. Todos los testigos han coincidido el la misma versión. De todas formas he llamado al doctor Lope, a ver que me dice sobre la muerte. Ya lo ha examinado y ha ido un momento al lavabo y… Ahí viene- Ambos se quedaron mirando al doctor.
El docto doctor resuelve el misterio.
El doctor Lope se acercó con paso firme, continuo, pero lento, su edad no le permitía una mayor velocidad. -Les acabo de ahorrar un tiempo valioso, me deben una- dijo sonriendo.
Los dos policías se miraron atónitos.
-He llamado a un colega de la seguridad social y devolviéndome un favor me ha proporcionado el historial clínico del difunto Román-.
El detective Javier dijo -¿Porqué se le ocurrió hacerlo?-.
-El señor Ruises, al parecer le examinó después de golpearle tras ver que no se levantaba, estaba vivo pero inconsciente, cuando llego la policía y la ambulancia estaba muerto, no había contusiones ni golpes que me hicieran pensar en algún tipo de traumatismo interno, por lo que me decanté por hacer esa llamada…- una pausa ex profeso para mantener el suspense y prosiguió -…el finado expiró por muerte natural, ya que sufría una enfermedad, el I.F.F.-.
El sargento interrogó con su tono grave monocorde -¿if?-.
El doctor explicó -I.F.F. o insomnio familiar fatal. Es una enfermedad extremadamente rara que se caracteriza por producir una degeneración del sistema nervioso, a nivel del tálamo, que se manifiesta por una alteración severa del ritmo circadiano, el ritmo sueño-vigilia; acompañado de ataxia, carencia de la coordinación de movimientos musculares, de severidad progresiva; trastornos vegetativos, fundamentalmente hipertermia y sudoración, miosis y otros trastornos endocrinológicos. A lo largo del tiempo el insomnio, intratable, agrava el estado confusional y las alucinaciones inducidas por la falta de sueño, para finalmente llegar al coma y provocar la muerte aproximadamente a los nueve meses-.
Esperando que os guste, Crúoras.